Skip to main content
El mundo vuelve la mirada hacia los humedales cuando en febrero el calendario marca su segundo día; esos territorios donde el agua y la tierra dialogan sin fronteras rígidas. La fecha recuerda la firma de la Convención de Ramsar, en 1971, el primer acuerdo internacional dedicado a la conservación y el uso responsable de estos ecosistemas vitales. Desde entonces, miles de sitios en distintos países fueron reconocidos por su valor ambiental, cultural y humano, como una forma de asumir que cuidar los humedales es cuidar la vida misma.

Los humedales no responden a una sola forma ni a un único paisaje: pueden ser lagunas, ríos, pantanos, marismas, manglares o arrecifes; pueden ser de agua dulce o salada, naturales o creados por la acción humana. Lo que los une es su función esencial: regulan el ciclo del agua, amortiguan inundaciones y sequías, purifican el ambiente y ofrecen refugio a una biodiversidad extraordinaria. Son ecosistemas híbridos y sensibles, capaces de sostener equilibrios que muchas veces pasan desapercibidos.

En Argentina, uno de los ejemplos más notables es de nuestra Córdoba: la Laguna de Ansenuza, también conocida como Mar Chiquita, en el noreste provincial. Se trata del mayor lago salino del país y uno de los más extensos de Sudamérica, un humedal de importancia internacional que alberga cientos de especies de aves, entre ellas flamencos rosados, playeros migratorios y aves endémicas. Su dinámica cambiante, marcada por crecidas y retracciones, da forma a un paisaje único donde el agua salada, los bañados y las islas construyen un verdadero santuario natural.

La relevancia de los humedales va mucho más allá de su belleza. Millones de personas en el mundo dependen de ellos para acceder al agua, al alimento y a medios de vida como la pesca y el turismo. Además, cumplen un rol clave frente al cambio climático: almacenan grandes cantidades de carbono, filtran contaminantes y protegen a las poblaciones humanas de fenómenos extremos. Sin embargo, la degradación avanza a un ritmo alarmante, y en pocas décadas se ha perdido una porción enorme de estos ambientes irremplazables.

Recordar el Día Mundial de los Humedales es también una invitación a pensar el vínculo entre naturaleza y cultura, entre territorio y comunidad. Cuidar espacios como Ansenuza no es solo preservar un paisaje, sino sostener una memoria viva y un futuro posible. En cada espejo de agua, en cada orilla habitada por aves y silencios, los humedales nos recuerdan que la vida florece allí donde el equilibrio todavía es posible.