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Cada 7 de noviembre, las calles de Argentina sienten un silencio particular: el murmullo de los diarios no se oye, los kioscos cierran sus persianas y los canillitas, esos mensajeros de la palabra impresa, descansan. Es el Día del Canillita, un homenaje a quienes durante décadas madrugaron para repartir noticias, sueños, tragedias y esperanzas en cada esquina, en cada grito que despertaba a la ciudad con titulares aún tibios de tinta.

El término nació en el teatro, de la pluma de Florencio Sánchez. En 1902, el dramaturgo estrenó la obra Canillita, que retrataba la vida de un muchacho humilde que vendía diarios por las calles. El apodo surgía de sus piernas largas y flacas —“canillas” en el habla popular rioplatense—, símbolo de la infancia trabajadora que corría entre transeúntes para ganarse el sustento. Esa imagen pintoresca y entrañable se volvió tan fuerte que desde entonces el oficio quedó bautizado con ese nombre.

Hoy, en un tiempo en que la información viaja a la velocidad de un clic y las pantallas sustituyen al papel, su figura se retira lentamente, como una foto que se va desteñiendo con los años. Ya no son tantos los que esperan en la esquina, ni tantas las manos que reciben un ejemplar doblado bajo el brazo. La tecnología ha transformado los hábitos y con ella, también, el paisaje urbano donde el canillita era protagonista.

Sin embargo, permanece la nostalgia. Porque en cada diario impreso que aún circula late una tradición que supo darle voz a las ciudades. El Día del Canillita no es solo descanso: es memoria, reconocimiento y gratitud hacia un oficio que moldeó nuestra relación con las noticias, y que, aunque menguado, todavía se resiste a desaparecer del todo, como esas viejas costumbres que guardan el perfume entrañable de lo cotidiano.